martes, 2 de septiembre de 2014

EL PAISAJE DEL RORAIMA ES PARA MORIRSE, PERO NO LITERALMENTE (CRÍTICA A LA PELÍCULA LA DISTANCIA MÁS LARGA)

Bienvenido a la Gran Sabana. Malsalido de Caracas. Venezuela es una postal. Algunos intentamos que sea algo más: una personalidad, una imagen en movimiento con pensamiento y características particulares. Venezuela es átomo de universalidad. Los que piensen lo contrario, frente al film, después del balazo gratuito, están pensando desde la particularidad política.

No es que discuta la realidad. Pero en Venezuela hay muchas, variopintas, buenas, malas, bonitas, baratas, peludas, lampiñas, claroscuras, líquidas, insípidas, volátiles como el humo de los que fuman, el aliento de los que protestan, el olor materno de la arepa, las nubes que cubren nuestras montañas. Esta retahíla de pendejadas habla de las dudas de un guion que se dedicó a armar una historia de un drama sobre un drama: pan con pan.

Tampoco es que escupa encima de la excelente y detallada dirección de Claudia Pinto Emperador (esos geniales guiños al miedo hecho bastón). No es que La distancia más larga llegara al punto de la inmoralidad que me dejó aquella Secuestro Express (Jakubowicz), pero sí que roza la desesperanza.

En LDML el futuro es cosa vaga, o por lo menos lo desdibuja en una complaciente conclusión cuando el niño regresa por donde vino reconciliado con ¿la vida? ¿su padre? ¿él? Sé que la vida llega a ser más perra que en el cine, pero ¿cuál es la motivación, soterrada apenas por la magia de la región más bella y antigua del planeta, en morir dos veces? Los gritos, los grandes planos que ponían ante nosotros esa cosa inverosímil, que incluso muchos guayaneses nos hemos negado a apreciar en carne propia, son el frasco del veneno.

La única vez que fui a la Gran Sabana lo hice con la excusa de un trabajo audiovisual. Era el primero por el que me pagaban algo. Después de una carretera tapada por la neblina y la selva, aquella pintura de dios se mostraba ante mí y lo único que podía hacer era contener el llanto. Es vergonzoso – comentario aparte – que dicho regalo haya sido tan poco aprovechado por la filmografía venezolana. No me extrañó que fuera una valenciana la primera en explotar de manera sublime el verde musgo de los tepuyes, la traslúcida virtud de los ríos que la cruzan, las noches estrelladas mapeando galaxias, sabiendo como sé que a los guayaneses nos cuesta tanto mirar hacia adentro.

Pinto lo hizo en una historia donde un único hijo vive en un país, para mi inventado, donde logra ir de polo a polo sin que nadie se pregunte cómo; donde su padre, después de la pérdida, así, terrible, injustificada, cobarde, resuelva como quien juega un triple entre el niño y el trabajo; donde una abuela ausente de siempre venga a abrir los ojos por última vez y ese ser que es el futuro, el último eslabón de su línea genética, sea el impulso para que la vida siga, pero en otra parte.

Me dirán conservador. Dirán que la vida, como en Mar Adentro (Amenábar), es un derecho y no una obligación (estamos claros); pero me resulta tan triste el panorama del chamo que pierde dos veces lo mismo, y termina rencontrándose con un padre que inexplicablemente, bajo las circunstancias psicológicas del personaje, elemento fundamental para la escritura de un guion aquí y en cualquier parte, hace algo que en mi humilde parecer es tan poco natural: dejar a un niño a su suerte. Mucho con demasiado.

LDML es una buena película, desde el punto de vista técnico. De las mejores actuadas. La mano firme de Pinto dejan ver la costura del buen ojo, de la idea clara. Pero hay un fantasma incómodo, lejos del conservadurismo duro, que los que me conocen saben que no tengo, que me hace sospechar. Esa supuesta reconciliación con la vida, esa enmienda, tardía y triste, va en carro fúnebre.

Un mensaje pesimista se esconde detrás de la cortina del Roraima.


J. Gregorio Maita. 

domingo, 13 de julio de 2014

ANTES DE QUE LA QUITEN (CRÍTICA A PIPÍ MIL, PUPÚ DOS LUCAS)



Ya he visto el escarceo comedido de los pacatos sociales que abundan en críticas a todo lo que les rodea pero que olvidan, con poca vergüenza, su maleta de grima y la ceguera propia de los hipócritas.

Educados como están en la escuela de lo decente, de las buenas maneras, de lo “moral”, tienen la tendencia un poco descontrolada de dejarse llevar por algún manifiesto dogma católico para recriminar la irreverencia inteligente.

En un proyecto para nada conocido un tipo cualquiera explica lo que significa estrenar un apartamento: ir de un lado al otro con la pareja con el pene introducido en su vagina (o ano; aquí no vamos a discriminar a los sexo diversos) y culear como los perros que mean para marcar el territorio. Lo de los muebles es para después.

Muchos acostumbrados al manual de Carreño aplicado al arte dirán que las tetas de María Guevara es un invento morboso de las voces locales que no le tienen miedo a la desnudez pues lo natural no es cosa rara. De igual forma, como también leí por allí, mucho hipócrita con tendencia a santo maltrecho habrá rezado unos cuantos rosarios, latigazos en la espalda incluidos, cuando en Caracas a la gente se le ocurrió pasear en bicicleta como dios los trajo al mundo. Una inquisición voluntaria y sin acceso al agua bendita pulula por la mente de los que creen que pisan fino, pero no es así.

Esos que en su momento pensaron a priori que obras cinematográficas como El último tango en París de Bertolucci no era más que un bebedizo pornográfico y que por “salvaguardar la moral del venezolano” (a chito vale) prohibió su exhibición. Hay quienes pensaron que la violencia expresada por Kubrick en La naranja mecánica era una grosera exageración que poco o nada tenía que ver con el ideal de ser humano que no puede ver una película, pero que muy bien sirve para explotar o ser explotado, en la guerra, en la fábrica, en la vida.

Tanto santurrón patético de mala madre que ostenta la virtud de sesgar y no de debatir, ha opinado que una película como Pipí mil, pupú dos lucas, es un bodrio a priori concebido por el puro título y que no vale la pena ni siquiera la mención del titánico esfuerzo de los hermanos Bencomo, que como quien no quiere la cosa, han dado una lección brutal a quienes, y me incluyo (va la autocrítica), creen que es imprescindible todo menos las ganas de hacer cine.

Mismo argumento le metieron en la cabeza a mucha gente sobre esa extraordinaria película que fue Amaneció de Golpe de Azpúrua, haciendo que muchos jóvenes venezolanos todavía les dé culillo revisarla como obra cinematográfica de altura y documento histórico cuyo guión del olvidado José Ignacio Cabrujas retrata una reflexión sobre la democracia que pocas veces se ve tan bien plasmada como en ese ejemplo.

Pero Pipí mil tiene, además de la grandilocuencia venezolana, esa que muchos de estos criticones de orilla esconden en el baño cuando se refieren a estorbos ideológicos de mamaguevo pa arriba, una historia convergente que muy pocos escritores se atreven a realizar. Y pa más vaina, lo hicieron bien.

Una película hecha con los panas, pidiendo prestado, entre mil y una dificultades, con limitadísimos recursos técnicos, con personal inexperto o primerizo, y que tenga este país el tupé de retrasar su estreno en años porque a algunos no les interesaba “ese tipo de cine, porque una cosa es que diga semejante malsonancia Scorsese o Tarantino a que lo hagan unos tercermundistas”. Bueno, da como para arrecharse.

Así como Matisse hizo La Odalisca con pantalón rojo (1925), y en su momento muchísimas obras de las manifestaciones del arte fueron objeto del tomatazo pudoroso, mañana, más temprano que tarde, Pipí mil podrá convertirse en una de las más alabadas y elevadas cintas de culto en nuestro cine.

Cuándo será el día en que los venezolanos aprendamos a juzgar con argumentos, por el estudio pormenorizado del sujeto u objeto en cuestión, a hacerlo por el simple proceder, muy a lo miss, de la portada, la superficie, o el envoltorio. Una sociedad sujeta a cánones tan delicados muy poco podrá profundizar en su creación. La grandeza, en la medida en que no encontremos un equilibrio, será más cuesta arriba.

Ya por lo menos la censura de hoy no viene del gobierno nacional.

J. Gregorio Maita.

Para complementar lo escrito en esta crítica, visitar el siguiente enlace: http://www.gumilla.org/biblioteca/bases/biblo/texto/SIC1980424_175-177.pdf





martes, 29 de abril de 2014

LA HONESTA PELO MALO (CRÍTICA)

Pelomalofilm.com


La definición del todo. El espejo mágico sacándonos la lengua. Lo antipático. El rehuir de la cita al psicólogo. No estamos cómodos con las verdades. El horror de la paja y la viga. Demonios clausurados mandándote mensajes de texto. ¿Quién dijo que el cine debe ser complaciente?

Una historia donde nuevamente se cuestiona el papel de la mujer venezolana en la formación de la sociedad. Llamarán a los cineastas machistas, equivocados al primer vuelo, cuando el hombre se transforma en foto, en suplemento necesario de aquella que construye a sus anchas, utilizando lo que conoce, lo que considera, así, arbitrario, en su sentido social de lo que debe ser un varón. Los machos como adorno, culpables por omisión o machetazo.

Él está allí, el macho del futuro. Disfruta comunicándose en el desamparo de una timidez arraigada en la pobreza, en el trauma de la burla por no encajar en el esquema. Somos los venezolanos bufones de lo irónico, asesinos del sarcasmo. A veces, me gustaría no creer que para tal sed, solo la sangre sacia. Cosas de la vida. El bulling criollo escondido allí, como los monstruos que generan ruidos espantosos. Basta una marca, una sombra, un peinado.

Metidos hasta la saciedad en las corrientes estéticas, donde lo natural es feo, donde el ícono requiere de la manufactura, donde el hombre y la mujer dejan de serlo para ser otra cosa y encajar, a partir de esa venenosa concepción, en la calle; o lo que pudiera ser peor: en la casa. La maldición del Miss Venezuela.

Escuchas como murmullos los comentarios de la gente. Frente a la pantalla los juicios sumarios, los selfies irrespetuosos, los epítetos a Junior (Samuel Lange Zambrano). Dentro de nuestros esquemas de la estética se nos dibuja un niño delgado que camina con gesto “raro”. Una madre (natural en su sentido de la vida, volcánica, salvaje, tormentosa) sorteando el equilibrio de ser ella, de comer, de moldear.

Es Martha (Samantha Castillo) un perturbador reflejo de la libertad desentendida: la capacidad de crear y satisfacer, de alcanzar lo que se pueda y como sea con la selva del 23 de Enero en un segundo plano que podría ser cualquier otro lugar. Allí están los sinsabores, en sus ojos, en su honda franqueza al decir que no quiere a quien debe querer más. Terminas sintiendo a través de ella que la infancia es un período frágil y definitivo. Que lo que es todo para un niño lo define, por muy ridículo que fuera para nosotros. El futuro comprometido con el abuso, con el adjetivo, con la portada, con la miseria; pero no la miseria de la que se quejan algunos alegremente: el lenguaje malandro, la pared sucia, los muebles desvencijados, la pobreza como trasfondo del cine nacional; sino la humana, esa que jode mal y por un rato largo. 

Una película con la calidad e inteligencia que el cine comercial (por pretenderse única tabla de salvación) hambrea, que se construye a partir de la sensación que despierta en el espectador, siempre y cuando el mismo esté dispuesto a formar parte del viaje. Una Concha de Oro que vale más que cualquier medalla olímpica y que no puede pasar por debajo de la mesa en nuestra historia. Aquellos que llaman al progreso, a la grandeza de un país, no pueden obviar con remilgos anacrónicos la grandeza de la historia de un niño obsesionado con ser él mismo en contra de los malos pensamientos.

Pelo Malo de Mariana Rondón, anotada ya en la lista de ese cine necesario, revelador y generador de cuestionamientos, llama al confesionario de muchos que con golpes de pecho y aire reflexivo dirán confesar su culpa por una homofobia latente, por una pacatería que no pega ni con el siglo que vivimos, ni con los conocimientos y herramientas al alcance de la mano.  

Poco a poco vamos madurando.

J. Gregorio Maita


martes, 18 de febrero de 2014

LA CALIDAD A PARTIR DEL MAL PASO (CRÍTICA SOBRE PAPITA, MANÍ, TOSTÓN)





No rebato el tema de la taquilla. La industria cultural necesaria urge de la redituación del esfuerzo. El arte es la inversión de un tiempo, una fracción de vida. En ese campo de lo real, nada más verdadero que el estómago cuando cruje, o la voz de un hijo que necesita un par de zapatos.

Mi problema es con la calidad. Es difícil definirla, encapsularla en un término generalizado que se entienda. He tratado de hacerlo refiriéndome a ella como los niveles de inteligencia con que se desenvuelve un discurso, un mensaje. En el cine, este discurso audiovisual, a veces narrativo, evocativo y sensorial, la inteligencia definida en cuadros veloces se cruza con otra verdad ineludible: el entretenimiento.

Cierto es que en esos términos de calidad hay mucha obra, digamos, lenta. De esas películas que te obligan a pensar, a meterte dentro de un mundo que, según los cánones del carnaval debería servirte para colocarte en un eterno blanco, sin pensar. La cosa es peor cuando, en el punto contrario, encuentras películas tan masticadas, que como compotas no exigen el más mínimo esfuerzo para entenderlas, a tal punto que el espectador se encuentra muchas veces dos o más pasos por delante de lo que allí se desarrolla.

En la villa del señor hay de todo, y todo el mundo cuenta, diría Buena Fe; pero viendo el desarrollo de nuestra industria cinematográfica, entendiendo que producir una veintena y hasta más películas por año es un logro, debemos ver con cuidado la clase de cine que hacemos, y preocuparnos un poco, no por llegar a niveles de sobriedad espiritual como un Tarcovsky, pero tampoco caer en la banalidad de convertir a Antonio Guzmán Blanco en un cazavampiros.

Una cosa es tomar a los gringos como escuela, y otra copiarlos. Así como te encuentras babosadas como las últimas diez películas protagonizadas por Eddie Murphy, que en sus inicios resultaba irreverente y controvertido hasta la voracidad, y ahora es la vacua extremidad de un discurso moral básico y retraído, lleno de estereotipos y elementos “poco inteligentes”, tienes el consuelo de un Paul Thomas Anderson, por nombrar uno, que plantea una obra desde su perspectiva, para someterla a la exploración acuciosa del ojo que desee rebuscar “con inteligencia” su mensaje.

Tenemos los casos de las no tan recientes películas de Er Conde del Guácharo (caso este bien particular de buena taquilla y paupérrima calidad, llegando incluso a niveles en donde el mismo personaje de Benjamín Rausseo lapida con saña su cuestionada comicidad) y de Papita, Maní, Tostón, cuyo trasfondo argumental es la antaña rivalidad entre los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes, y que hubiera permitido para algo (bastante) más de lo que al final se nos mostró en la pantalla.

Una copia, casi el carbón de la brasilera A Casamento de Romeo e Julieta (2005), con un meollo deportivo similar con los equipos de fútbol Palmeiras y Corinthians, y que a diferencia de ésta, en la nuestra persisten marcadas deficiencias técnicas y excesos melodramáticos en el guión que lejos de sumar, restan.

Hay una escena en particular que comparten ambas. En la de los cariocas, el recurso que utilizaron para comprender el conflicto generado en Romeo y que dificultaba la consumación del acto sexual con Julieta fue un condón envuelto con los colores de su equipo favorito. En la maraña nacional, para nuestra vergüenza, no se les ocurrió que un elemento tan simple como un diminuto preservativo pudiera dar para imaginarse el resto, por lo que, creo yo, tratando de ser “originales”, utilizaron el cuerpo completo de la protagonista Juliette Pardau (muy bella y todo), vestida solo de un conjunto de pantaleta y sostén de los Leones del Caracas, para decir lo mismo. ¿Ven a lo que me refiero?

Y vuelvo al tema de la taquilla. Esta película, que se me antoja sexista y simplona, donde la caña pareciera el gran hilo conductor que motiva el accionar de los personajes, está batiendo records de taquilla en nuestro país, como también lo hicieran las del señor Conde. El hacer reír por reír es un recurso sobrevalorado. Pregúntenle a Woody Allen. Sabe de eso. La plata es importante, pero no lo es todo.

En contraparte, una obra maestra como Brecha en el Silencio fue sacada de cartelera en Guayana prematuramente, tal vez por ser muy inteligente, y también un poco incómoda.


J. Gregorio Maita 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA HUELLA EN EL VACÍO (CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA SOBRE LA PELÍCULA GRAVEDAD DE ALFONSO CUARÓN)



La mayor parte del espacio que nos rodea es inhóspito. La vida y el desarrollo del hombre como especie está signada por una serie de circunstancias que en su equilibrio, delicado, débil, a veces fortuito, declara que la vida de nosotros, como testigos y artífices de la conquista de los elementos, es una lucha por entender lo que nos rodea, algo vano cuando poca atención damos al centro.

Cuarón dice con el título Gravedad, cuya enunciación para una película desarrollada en el espacio pareciera contradictorio, que aquello que importa, que lo valioso y entrañable está en el origen, en el suelo que pisamos y que enmarca como punto de referencia la aventura de los astronautas a merced de un lugar donde la vida es imposible.

Un accidente se presenta. Un big bang del cual no tenemos culpa determina el rumbo de una normalidad controlada a un suspenso – el flotar es una ventaja y a la vez un estorbo – que ahoga. ¿Cuáles son las posibilidades de sobrevivir en donde no nos podemos mover con libertad o respirar sin contemplaciones? ¿La confianza de unos con otros, yendo de una estructura estadounidense a una rusa y después a otra china, forma parte también de lo que vivimos?

La vida sin norte o sur, la vida por ser vida, es la motivación, y no hay mejor manera de reflejarla que con algo tan sencillo como la segura sensación de posar el pie sobre territorio firme. El planeta tierra que pareciera girar en torno a unos personajes y que sirve de punto de referencia, de meta anhelada. Aquí Cuarón juega con el vacío. Nos repliega en los asientos frente a uno que otro plano secuencia, eternizando la incómoda sensación que da el infinito, haciéndonos testigos a juro del viaje.  Música y fotografía extraordinarias. La expresión gentil de un Cloney que pareciera controlarlo todo, la desesperación de Bullock ante la indefensión que va con el nervio de encontrarse sin un punto de orientación. El frío, el calor, la falta de oxígeno. Gravedad es una gran película hecha en el más grande de los escenarios y que sin embargo se va cerrando en un túnel vacuo. Esa desesperación que conlleva a entrañar lo que tuvimos al alcance: nuestro planeta, que es la cosa más hermosa jamás vista, y el único sitio donde se puede (y vale la pena) vivir.

Una mezcla divina entre una 2001: Odisea del espacio, y La Soga. Kubrick y Hitchcock fusionados en sus lecciones cinematográficas, han visto el fruto de sus vientos en una película hecha tempestades, que, al igual que Niños del Hombre, tendrá un lugar en la historia.


Cuán ingratos somos, no importa, siempre hay una excusa para enderezar el rumbo.


J. Gregorio Maita




viernes, 4 de octubre de 2013

POR LA CONCHA DE LA CABEZA



A la Derecha le gusta el arte bello. No es una animadversión hacia la estética, pero cuando terminas diciendo que lo que te gusta tiene que ser guapo, bien parecido, a costa de una vacuidad insoportable, pues, creo yo, la cosa se pone turbia.

Es como sentir preferencia por la bomba atómica antes de que un gobierno de macacos termine por decir que los pobres tienen algo que ver con los de arriba. Eso se entiende de la derecha. Es así. Tienen un conflicto supérfluo y la a vez tan tangible en su relación con la realidad, o con su realidad, esa estupenda y a veces ficcionada realidad de un mundo de dos más dos igual cuatro. Muy práctica la cosa.

Sin embargo ese “arte bello”, al pasar del cuido de la estética a la veneración del esteticismo, termina por ser aburrido, repetitivo, y eso sí, muy “universal” en los términos de la confusión globalizadora.

La izquierda por el contrario, arropada muchas veces en la ignorancia de algunos militantes, asumen la cosa como el blanco y el negro, tomado contraste político y zumbado así en el lienzo del arte que no tiene mucha culpa de las erradas concepciones políticas. Lo hacen así: si la derecha dice “A”, pues yo digo “Z”, habiendo tanta letra en el abecedario.

Entonces nosotros, los que somos artistas, nos encontramos con toda una serie de eruditos en nada que reclaman el rojo como blanco infinito de la foto, y consignas en una obra literaria que habla de un chorro de agua que baja por el albañal. Terminarán insistiendo, aunque no lo asuman como tal, en la propaganda por encima de todo, y parafraseando a mis queridos amigos de Buena Fe, terminan ocultando en el informe lo que la calle grita.

En estos días tengo una buena razón para sentirme orgulloso. Mariana Rondón, esa directora de “A la media noche y media” y “Postales de Leningrado”, ganó la Concha de Oro del Festival de San Sebastián con su obra “Pelo Malo”. Después dijo lo que dijo en un periódico que no tiene mucho que decir realmente. Y como jauría, lejos de someternos a una reflexión más exhaustiva, atacamos lo que supuestamente dijo sobre el comandante Chávez.

Chávez nos sentenció a una guerra, dicen que dijo, y si lo dijo, es verdad. Pero yo completo la sentencia: a una guerra necesaria y que si no fuera por Chávez hubiera sido mucho peor. El conflicto solapado que cargábamos los venezolanos en el sistema desde la traición que Bolívar pensó como país libre y soberano, y no como una pequeña monarquía disimulada de las clases pudientes, tan indios y negros como todos los demás, era algo que tenía que salir a flote algún día, porque la historia funciona como la física del desarrollo en el cuerpo humano. En algún momento tenía que emerger la purga de tanto abuso, tanta impunidad, robo, muerto y sueño asesinado por una sociedad que ve a este país como un campamento.

La Concha de Oro que la señora Rondón se acaba de ganar con una película desarrollada en la mítica 23 de Enero, es uno de los logros más grandes de la cinematografía venezolana. Digo algo más: de los cuatro grandes premios que hemos ganado a lo largo de nuestro accidentado tránsito por el cine, tres de ellos han sido logrados por mujeres (léase Margot Benaceraf, Fina Torres, y ahora Mariana).  

Lo cierto es que el descalificativo, derivado de esa perniciosa estupidez de politizar más de lo debido – ojo, no es que exista el cine apolítico, todo lo contrario, pero… - por una necesidad de rendir culto a un hombre que tuvo grandes méritos en la vida no solo de su país, sino del continente, no es necesario. Mariana, en esta no tan bella pero muy tangible democracia, tiene derecho a decirlo.

Ahora, la patada está de más. ¿Qué hay de inteligente en decirle a fin de cuentas a Rondón que se meta la Concha de Oro por donde más le quepa? ¿Qué hacemos con restregarle en la cara el dinero que le dio el CNAC para realizar su película – que de paso fue una coproducción entre Venezuela, Perú y Alemania? ¿Es que acaso ella, como venezolana, directora y guionista, no tiene derecho a acceder a los recursos del Estado para la realización de sus proyectos?

Allí boto la piedra, porque terminamos entregándole a Mariana Rondón, tan valiosa para nuestro cine, a una derecha que terminará por conminarla a hacer un cine bello, cómodo, conveniente y fácil de digerir. Y perderemos todos.

Pero es que la cosa no termina allí. Al día siguiente en otra entrevista que leí en la página web de El Nacional – cosa que no apareció en ninguno de los medios del Estado - Rondón aclara que lo que quiso decir era para ambos lados. ¡Coño! ¿Descubrió el agua tibia? ¿No era el diálogo una consigna perenne en el discurso de Hugo Chávez? ¡Y entonces!

Cuando revisas quienes han sido los que han ganado ese premio te encuentras con nombres como Francis Ford Coppola, Terrence Malick, Elia Kazan, Víctor Erice, entre otros. O sea. Y digo todo esto como chavista que soy, muy poco disimulado por cierto. ¿Somos inteligentes al hacerlo? Yo creo que no.

Pero es que Mariana Rondón no se acercó siquiera a la efervescencia enfermiza de un Orlando Urdaneta, o a la pataleta de Marcel Razquín que fue y le rindió apologías a Radonsky en plena campaña electoral para después recibir el favor de darse una gira con su película “Hermano” por los EE.UU. (pura casualidad), o la catástrofe patanera de un Edilio Peña que comparó a Chávez con Musolini y a la Villa del Cine con la Cinecitta. No. Solo dijo, más o menos, que necesitamos encontrarnos, hablar nuevamente y no odiarnos tanto.

Qué bueno sería que nuestro ministro del P.P. para la Cultura, Fidel Barbarito, o el mismo presidente Maduro le haga un llamado a Mariana y converse con ella sobre lo que piensa, y que está en todo su derecho a pensar. No terminemos haciendo lo que hicieron los soviéticos con Tarcovsky y dejemos que pierda el cine nacional.

J. Gregorio Maita



martes, 14 de mayo de 2013

EL JUEGO CRUEL DEL QUE ALUMBRA Y TE CALLA (Crítica sobre la película Brecha en el Silencio)



Todo fue silencio y se hizo la magia de la redundancia, sin ofensa ni torpeza. Cuando hablar de no emitir sonido, aunque suene absurdo, y sea muy real, tan dolorosamente real. Fue un túnel, no una sala de cine; fue un hundimiento, no una bajada estrepitosa.

A veces, cuando la poesía es arma, termina por sorprender a los desprevenidos, y ojo: no hay manera de prepararse ante Brecha en el Silencio.

Tienes una historia cruel, que contada así, al seco, pudiera salir (tal vez) un mediometraje predecible y decente. Pero no. Hay un pálpito, un juego en la imagen y la luz. Hay un lenguaje más allá del literario y que hizo al cine (de aquí y de todos lados) el papá de los helados. Fue así como los hermanos Luis y Andrés  Rodríguez se aglomeraron y la convirtieron en un todo que apunta, penetra y desangra.

Al entrar al recinto sientes la normalidad que da la libertad de moverte. Desde el comienzo te aprisionan los detalles – la espuma del agua en la orilla, las medias caras como lunas en mengua, el gusano y el palito que lo tantea – como grilletes en los pies. Ana (Vanessa Di Quattro) se te presenta prisionera, y al caer con ella en la mazmorra vas esperando que poco a poco te muestren lo que intuyes.

Por momentos la cámara te invita a entrar, y con la misma pasmocidad te saca. Te toma con los dedos el mentón y levantándote la cara dice que veas. Es un manejo perverso y brillante de una cinematografía estudiada, minuciosa, certera. Toda la película es una luz que quema – como ocurre varias veces con el rostro de Ana – y al mismo tiempo es una sombra que te esconde a veces una historia un tanto predecible, porque es sobre lo común de la vida que se nos cruza en las aceras, en las ventanas de los bloques, en lo que se calla a gritos, de las grietas en las paredes por donde sale la ebullición que estalla.

Una película que habla de los escombros profundos y complejos de Julia (Juliana Cuervos), de su incapacidad de ser madre, y de ajustar su egoísta existencia en los hombros de su hija sordomuda, que asume todos los papeles de aquella, compartiendo con resignación el capricho sexual de Antonio (Rubén León). Pero como todo, hay un límite. Ana ama a sus hermanos, y su cruz se la permite a ella nada más.

Su final es abierto, espumoso y triste, pues el futuro se torna vago y lejano. Una película que sin temor a equivocarme será un hito en la historia del cine venezolano, y mundial, si le dan cancha.

J. Gregorio Maita

lunes, 2 de julio de 2012

¿Y QUÉ PASA SI EL LEÓN SE LOS COME A TODOS?

Crítica sobre Piedra, Papel o Tijera 

La violencia es un fenómeno universal, como universal es el cine. La propuesta de Hernán Jabes, segundo largometraje de este nuevo creador cinematográfico venezolano, intenta colocar a este resquicio oscuro de la naturaleza humana en un momento donde el tema cobra fuerza en el consiente de nuestro país. 

Pero más allá de lo entrañable que me resulte Macuro – por ejemplo -, donde la violencia ex profeso se nutre del rigor de la arbitrariedad, e irónicamente, de la falta de humanismo – rondamos las artes, la educación y la cultura de un país donde todavía nos falta mucho – y sensibilidad hacia las necesidades del ser humano, en Piedra, Papel o Tijera, Jabes aborda la historia desde la ruptura o la inexistencia de puentes.

Son esas conexiones humanas, tan escasas en un mundo que mide las distancias en tiempo y el tiempo en dinero, las que permiten, dentro de un guión metódico, creíble – cuanta falta nos hacen guiones como estos en nuestro cine – el desarrollo de una historia que va decantando hacia el vacío. Dos núcleos van acercándose, poco a poco a conocerse, y en su reconocer – sin llegar a tocarse el alma, como es tan natural en la vida cotidiana – encuentran salidas, violentas, procurando resolver sus propios laberintos. 

Piedra, Papel o Tijera, aparte del juego del azar donde debe existir por elementos funcionales un perdedor y un ganador, es el reflejo fidedigno de la salvajada de mundo en que vivimos, en donde los puentes son inevitablemente necesarios, y si no nos tomamos el tiempo de hacerlos, alguien lo hará por nosotros. Una sociedad tan ensimismada en su egoísmo extremo que permite que por el pundonor de un padre ofendido, éste deje indefenso a su hijo, o que un hombre desesperado recurra al negociar en la vida del otro el salvar la propia. 

Esta extraordinaria película, que ubica a Jabes ya como un autor con lenguaje propio y del cual, cinéfilos podrán ansiosamente esperar un nuevo film, una nueva historia para repetirse mil veces que son buenas las películas que generen preguntas. Reafirmando su pulso, tomarse su tiempo en la cámara al lado de un actor de gran nivel como Leónidas Urbina, cuyo abanico emocional desde el desierto de la indiferencia, pasando por la cálida conexión con el hijo, hasta la desesperanza autómata, demuestra su peso y valía. 

La reflexión que debo hacer, o la salvedad, es sobre lo que resulta de Piedra, Papel o Tijera, y la intencionalidad que de alguna manera, movida por una particular tendencia política, pudo tener. 

Como dijimos al principio, el tema de la violencia es un tema universal. Hablamos también de factores como la cultura, la educación. Nos tropezamos con la sensibilidad y el elemento humano como el reconocimiento del padecer del otro. 

Vi, con cierto desagrado, la tendencia torpe a ubicar la violencia, si bien en el contexto venezolano del manejo del lenguaje propio, como concepto autóctono, y no sólo eso, sino la perniciosa habilidad de ubicar en separadas esquinas a dos clases sociales, una víctima de la otra. 

El relamido discurso opositor sobre lo innecesario de la lucha de clases y su impulso generador de violencia está de más. Y no es por no comulgar con ideologías funcionalistas o positivistas donde pensar en la unidad es como hacer borrón y cuenta nueva, negando la imperiosa necesidad de reconocernos – vuelvo al mismo punto – en nuestras condiciones impuestas. Saber del vivir del otro, de las dificultades y molestias, no es ofensa para quien no quiera entender que muchas de las razones que ubican a unos arriba, y otros abajo, vienen de un fulano orden caótico que permite, no sólo esa desconexión de puentes – suplantados su deber por cortinas mediáticas, por inventos mercadeables o inescrupulosas intenciones -, sino un pozo incalculable de frustraciones, también salidas del hueco de la naturaleza humana, y que en medio del desastre, esto atenta contra todo.

Tan es así de política la película – dando un poco al traste con la opinión de Edilio Peña sobre lo arrastrados que son los nuevos cineastas – que su último fotograma termina en un tristemente célebre Puente Llaguno, después del estoico seguir adelante de Valentina (Scarlett Jaimes), quizá reflejo de una Venezuela que siempre ha tenido que levantarse de las desgracias, y del irse a lo que sea que le espera con dos niños: uno que sabe leer pero que no sabe vivir en la selva; otro que no va a la escuela, pero que trabaja lo suficiente para poder comprarse un perro caliente. 

Pero como lo dije antes, a pesar de los intentos de desviar la atención hacia una endeble reflexión política sobre la violencia, Piedra Papel o Tijera termina por ser – recordando Amores Perros de González Iñárritu – universo, y no satélite. De ella sales preguntándote hasta cuándo seremos selva y cuándo llenarán su panza los leones. 

 J. Gregorio Maita.

martes, 7 de febrero de 2012

LA CRÍTICA QUE SALVA (REFLEXIÓN POLÍTICA SOBRE “AMANECIÓ DE GOLPE”)

Amaneció de Golpe y Carlos Azpúrua revitalizó ese esquema histórico que de alguna manera se quedó debajo de la solapa social de la falta de reflexión de una clase política que pudo revertir su camino a una muerte vaticinada. Y no es escandalosa en un país que, zurcido bajo un corto nivel de memoria, que poco recuerda de su ser como identidad y que en la historia, ocultada, manipulada, o simplemente ignorada porque leer mucho es cosa de bobos, que emerjan del suelo hombres en armas, hartos como la mayoría del derroche inenarrable, al mejor estilo de Calígula y sus buenos modales romanos.

Bien citaba Eduardo Galeano en Las Venas Abiertas de América Latina la cancha abierta que significó Venezuela para las potencias extranjeras: aproximadamente la mitad de todo lo que se han llevado de Suramérica. Y todo bajo la complacencia mayordómica, para consentir al ser superior que algún día me gustaría ser y que no podré serlo nunca.

Fue el hambre que desató, en varios golpes que aturdido recibiría Carlos Andrés Pérez, ese presidente que endilgaría las culpas del anterior y así sucesivamente, y plantearía, en su libro de historia por el que lo recordarán siempre, una democracia labial y muy poco entrañable. Y es ese el mal de los dominantes, de los venezolanos con poder, de sus decisiones: la poca monta de un positivismo maltrecho y jurungado cuyo fin, llenar las arcas particulares, nada habría que reclamarle a la reflexión.
El 4 de febrero de 1992, precedido de un 27 de febrero de 1989 – Gloria al bravo pueblo -, fue como tocar la puerta en plena parranda. Lo dice la película de Azpúrua, pues fue esa, la más estable democracia de América Latina, la olla humeante de lo inverosímil.


Palabras malsonantes


Desde hace muchos años recuerdo el choque de ver Disparen a Matar, también de Azpúrua, y aturdirme por un ¡Carajo! que Amalia Pérez Díaz – no ella, su personaje en la cinta – esputaría en la indignación del hijo muerto en injusta indefensión. Y no era para menos. Fui tan metódicamente protegido desde la falda materna de las imprecaciones de nuestro florido lenguaje, desde lo general a lo específico de su venezolana interpretación, que escucharlo de una mujer que bien pudo ser la imagen platónica de una querida abuela para ese yo de diez años, que el sonido de tan intocable expresión me dejó mucho más que aturdido. Y en ese momento de incógnita, donde los niños miran a los lados y tratan de buscar la respuesta, consigo una evasiva de alguien que simplemente me hiciera la observación apocalíptica de “Y eso no es nada”.

Los venezolanos buscamos arduamente el escapulario. Los venezolanos que arroparon el poder, por estar de primero en la cola de parecerse más a cualquier cosa, menos a venezolanos, acuñaron la idea perfecta de la pulcra apariencia sacramental. De allí que sarcásticamente cuando se presenta el chance digo que somos el país de las mujeres más bellas. Y allí gran parte de nuestra tragedia: el parecer va por encima del ser. Y eso es filosóficamente, peligroso.

Pienso que el socialismo, como doctrina político-económica, es – entre otras cosas – una lucha entre el contenido y la forma, pues para él, es apremiante la transformación del fondo más que la pintura que cubre la vasija. Y en Amaneció de Golpe, film pulcro, de esos que enunciaba Cabrujas de eterno intento de hacer cine, esboza una realidad latente. Los venezolanos somos “mal hablados”. Pero que este detalle no corrompa nuestro recto proceder, pues en las palabras subidas de tono – dicen algunos lingüistas un poco menos atados a la santidad de la academia – está la sazón, la chispa, el sabor del hablar cotidiano, porque es que no hay, admitámoslo, relación entre estar “arrecho”, y muy molesto. La primera como afirmación de ser lleva la connotación completa del sentimiento; la segunda es una bagatela simplona cursi que apenas roza el círculo de la rabia cuando rompe el saco.

Lo curioso del asunto es que, tanto el cine, no digamos de otros países de habla hispana, sino de la cumbre estadounidense y europea, rara vez evita en la potencia del drama el uso de lo escatológico, ni en el lenguaje utilizado, ni en la imagen. Y ciertamente, como en cualquiera de las artes, existen sus excesos. Pero es que ese bichito ladilloso que pulula en nuestras mentes desde los tiempos de Los Amos del Valle del maestro Francisco Herrera Luque – que en nada se frenó ante las “buenas” maneras –indica que entre la junta de las palmas de las manos, lo que debemos ser por encima de todas las cosas, lo pasamos por alto cuando de Almodóvar, Scorsese, Tarantino, y otros tantos, emiten en sus películas maneras poco agraciadas de hablar. La vaina es aplicársela a Azpúrua, por venezolano. Caerle encima a Cabrujas, cuyo guión estrenado de forma póstuma terminaría por bajarlo del pedestal de algunos que lo ponían por allá, arriba, como algo fuera de este mundo.


El club ignorado de lo reflexivo


En Amaneció de Golpe encontramos cuidadosamente colocado al venezolano en sus distintas maneras. En una pareja tirando en el monte; en un hombre que maneja bajo cuerda los dineros públicos haciéndose cómplice de una clase política que después, en magistral plano semiótico, la niega; el militar cobarde que se ciñe al status quo y mata por él; el profesional que dice asumir una responsabilidad mientras huye con ventaja sobre el abandono; en la periodista, que no es por ser periodista sino por ser alguien en el aire con conciencia social que en su propio barranco piensa en país, aún en detrimento de su vida; en la locura que significa la solidaridad latinoamericana que se nos reflejaba en esos años dispersa, como un trastornado mexicano; en el aparte del humilde que no tiene tiempo de saber y tomar conciencia de su yo político, de su país, por el hambre y el dolor de sus básicas necesidades; en el egoísmo del extranjero que huyendo de las miserias de su origen encuentra en Venezuela una manera de vivir negando la solidaridad por no devolverla.

Una historia que no comienza en el día sino que trascurre al tenor de la madrugada. La oscuridad complacida para llegar al punto donde la luz emerge y todo cambió. Es distinta la vida, el panorama, el aire se siente palabrero, la gente confiesa – los que aún no lo hacían – sus descontentos, declaman los sabios entonces la demencia vivida. El rumor del cambio hace temblar las paredes, y con todo y eso, son otros, los de arriba, los que queman los contratos y facturas, los que miran desde abajo soldados vencidos, los que prosiguen en lo que creen es la forma de seguir. Hacerse el loco es una academia en mi querido país.

Es así, como pasan por debajo de muchos venezolanos películas como Jericó de Luis Alberto Lamata, Pandemonium y Días de Poder de Román Chalbaud, Macuro de Hernán Jábes, por decir algunas que hurgan en la cobardía del venezolano en identificar sus faltas. Es aquí, en este punto, donde la crítica necesaria emerge y es incómoda.

Si la clase política de entonces hubiera dejado de lado la mediocridad andada, Hugo Chávez pudiera ser hoy una circunstancia histórica, y no la lanza que define el rumbo de todo un país. Pues en la reflexión está el mantenimiento. En asumir, como alguien por allí asumió la culpa, y retorcer el camino torcido. Limpiar la casa, parafraseando a Mao. En todos los procesos políticos es vital y necesario.


J. Gregorio Maita

TRANSFORMERS 3: LA QUE REMIENDA Y NO CURA

Si más de lo mismo fuera mejor. En algún momento Michael Bay se perfilaba, como digno ejemplar salido del típico advertising, a transformarse en un cineasta de culto con sus muy controvertidas Pearl Harbor, Bad Boys y Armagedon, siendo de esos que dejan marcas donde quiera que pasan, con sus anuncios publicitarios, argumentos compota, culebrones y llantines pasados de puro azul y rosa. Bay es y será siempre el director favorito de cuanto adolescente idiota o rubia oxigenada de su país natal pueda tolerarlo.

Y es que en él no recae tanto la culpa. Buscar en su formación algo inteligente y que no descuide del todo lo comercial – algo que pudiera ser su religión – como genialmente lo ha hecho Christopher Nolan, es como pedir demasiado pues su principal talento sería el de ser un modisto fílmico, es decir, que la vaina se vea bonita.

Su tercera entrega de Transformers 3: The Dark Side of the Moon, si bien forma parte de una entretenida saga de escupitajos pro US-ARMY, machista, chovinista excelso y probablemente bien pagado por la respectiva oficina en el Pentágono, me resultó una mejoría que en muy poco salva al enfermo.

Es, si tuviéramos algo parecido a un entretenimómetro, algo superior a las dos anteriores – de las cuales guardo un muy amargo sabor con la segunda -, lo que pudiera significar puntos a favor del karma que debe ser Megan Fox al desistir de continuar con esta tercera parte. No es que sea pavosa la muchacha - ¿o sí? -, no es que dentro de los esquemas bien amados de la ciencia ficción sea esta película un mea culpa aderezado con besos y disculpas. Es que, en el sentido más superficial del asunto, esta tercera parte gusta más que las otras dos, pero sigue siendo el mismo bodrio saborartificialatuttifrutti de siempre. Sigue siendo Bay un maromero de planos picones con mujeres (exageradamente) voluptuosas que no se ajustan, ni en actuación, ni en química con la pantalla. Un mago de movimientos múltiples, explosiones y acción a diestra y siniestra.

En fin. Una película donde sus argumentos tropiezan de manera más suave que en sus predecesoras, un espectáculo visual despampanante, acompañado de viejos fantasmas de la Guerra Fría, y conspiraciones tan evidentes que hasta mi hijo de diez años hace predecibles. Un film que dice poco y muestra mucho de lo que Hollywood considera una película decente.


J. Gregorio Maita

LA RAÍZ DEL ÁRBOL DE LA VIDA

Hacer el amor con la imagen no es fácil. Creo que lo he repetido muchas veces cuando alguien me pregunta cuál es el tipo de películas que me gustan, me llaman y atosigan en ese fondo que preferiría uno no tener que tocar nunca. Y cuando se logra, se palma una superficie ulterior, de gamas multicolores que probablemente nunca pensaste que estaba ahí.

Terrence Malick se ganó el Palma de Oro del Festival de Cannes 2011 en medio de una muy dividida opinión acerca de su más reciente película El Árbol de la Vida. Y es que el film como tal rompe, sin parecerlo, con ciertos elementos que se consideran irrompibles dentro de los masticadísimos esquemas con los que la industria cinematográfica tiene amordazados a la mayoría de los espectadores.

No es una película reflexiva, pues no viene dentro de ella el aliento de la moraleja absurda, o el típico complemento serial de una suerte de específica adivinación filosófica. En ella Malick pareciera transformarse de cineasta ícono, en niño maleducado. Su película está más cerca de conservarse en un museo como pintura, no sé si surrealista, no sé si dadaista en una tómbola. No sé.

De allí la controversia. Fue él y la imagen. Y habrá quienes piensen que fue él quien hizo el amor y nos pornografió con fino arte la pantalla. Otros saldrán despavoridos pensando en la forma de demandarlo por hacerlos perder el tiempo. Otros, en dubitativa pose – creo estar dentro de ellos – tratarán de descifrar un galimatías de esfuerzo imaginativo pero, en definitiva, bello.

El Árbol de la Vida descansa en el deseo de alcanzar a Tarcovsky. Es una película poética y filosófica, y sólo aquellos de los que emerja la complejidad expresiva de la palabra encontrarán en ella un sitio, ni tan cómodo, donde sentarse y disfrutarla. Es una postura ante la vida, muy sacra, muy verde, azul, blanco, amarillo. Es una propuesta que dice lo que más o menos uno cree que es vida pero que hasta que no lo ves como Malick lo ve, como que no entiendes.

Aquellos que la odien, formarán parte de esa vida que admite cualquier cosa. Los que la amen o les sea indiferente, los que la traten como un objeto animado de fotografía impecable, también tendrán su puesto en el palco de una vida que es vida y que vive transformándose sin inmutarse ante nuestra inefable opinión.


J. Gregorio Maita

lunes, 24 de octubre de 2011

LA HUMANIDAD DE LOS SIMIOS

La ciencia ficción encarna en sí misma la dualidad, perenne y venenosa, de la naturaleza humana. Y lo hace, en sus mejores exponentes, con la fe de que algún día entenderemos que somos la causa de los efectos que nos devastan.

A poco tiempo de estrenarse Rise of the Planet of the Apes, más allá de tomarse como banal recurso hollywoodense de sacarle el jugo a los bolsillos, justifica una taquilla exitosa con una propuesta que hace referencia a dos buenos ejemplos donde, por un lado, el fenómeno de la inteligencia, en su concepción más maniquea, burda y seca. La inteligencia como forma de dominio. Estrategia de control, posicionamiento y estatus. El otro elemento es la deshumanización-humanización como proceso de desgaste y afianzamiento ético.

Vamos a recordar de reojo a 2001: Odisea del Espacio de Kubrick, donde un monolito enigmático imparte con su presencia la fatal instrucción de la muerte para solventar las diferencias. En sus primeros veinte minutos se establece la relación del hombre con las herramientas. En la otra esquina tendremos a Sector 9 de Neill Blomkamp, película donde se ve de manifiesto este fenómeno donde el hombre deja de ser lo que debe cuando es hombre, y empieza a serlo cuando está dejando de ser.

Ambos planteamientos se unen en una controversial, y más explicativa película, en el personaje de César. Este simio particular, quien fuera modificado genéticamente a través de experimentos hechos a su madre biológica, expande su humanidad, o esa esencia que aprendió de manera fortuita en el contacto con seres humanos – formando parte de una familia como tal -, y de esta experiencia ata cabos, desarrolla en su raciocinio en el peor de sus momentos estrategias para alzarse con el trono que su nombre reclama como tácito en una especie naturalmente afín a su fenotipo y en la cual lleva ventaja.

Su contraparte humana, interpretada por James Franco, es testigo de palo ante la apabullante revelación-revolución de quien en el fondo considerara un experimento y que criara como un hijo. Termina entonces la película, entretenida, de grandilocuentes efectos visuales, tornándose reflexiva ante la dualidad motora que encarna las posibilidades del hombre en su devenir por este mundo.

J. Gregorio Maita

EL HAMBRE DORMIDA DETRÁS DE LOS CINECLUBES

Un cineclub, desde su más explícita significación, desde aquellos primeros intentos franceses por admirar el arte más allá de lo comercial y que intentó implantarse a mediados del siglo pasado, va contenido en distintas fases de su desarrollo en vivo.

Una presentación de la película, donde un interlocutor o coordinador de la actividad hable, sin dar muchas señas de qué trata la película, sobre la trayectoria de su director, guionista, actor o actriz principal, el tópico que se busca con la misma, ya sea la exploración interna de los conflictos de un personaje, o la situación histórica y la visión particular de su creador, la vigencia social y crítica de la cinta, etc. Después surge lo más básico que es la proyección del film. Al final de este, se espera, como se puede esperar en el mejor sentido de la buena fe, lo que se llama propiamente el cineforo, que no es más que la discusión o intercambio de ideas y juicios particulares sobre la obra fílmica.

Son varios los intentos, algunos fallidos, otros exitosos en la historia reciente de Ciudad Guayana. Fotograma Cineclub y Cine y Medio son dos. CineSidor fue uno que murió en la décima presentación, por motivos circunstanciales. Pero debemos destacar que la motivación de grupos que parecieran aislados en su sentir sobre la alternativa cinéfila en nuestra querida ciudad no es de extrañar.

Esto, motivado un poco también por una necesidad empírica, no termina de deslindarse de las limitaciones propias de los espacios, unos desaprovechados, otros inexistentes, dentro de la matriz industrializadora que alejó el principio de las humanidades por considerarlas tan abstractas como para generar las ganancias plenas que ha generado la economía de puerto. Porque el Teatro no es viable ni rentable, porque la música – la de los géneros venezolanos – no da real, porque el cine sólo genera plata cuando es mediocre, alienta al espectador al sexo o ridiculiza la muerte.

Estos cineclubes, y otros que se irán creando, demuestran, entre otras explosiones artísticas que sobresalen en nuestra Guayana mecánica, cuan necesaria es una verdadera revolución cultural en la región. El hambre por las desechadas artes es agobiante.


J. Gregorio Maita

PARA HABLAR DE JOYAS. MACURO

Leyendo recientemente un ensayo de Edgar Allan Poe, donde habla sobre la relación entre la Verdad como “la satisfacción del intelecto” y la Pasión como “la exaltación del corazón”, encuentro el leitmotiv de este artículo. Explica este maestro de la literatura que “de hecho la Verdad exige cierta precisión, y la Pasión cierta sencillez”, y ambos explican a su vez la suave transparencia que predica el arte, una vez pasada por las sabias manos de la paciencia.
Hernán Jabes, joven director venezolano, nos sorprendió en el año 2008 con algo tan inesperado como explosivo: la diadema colorida de una cinta basada en hechos ocurridos en 1988 que encerraron los matices justos y necesarios que definen a una película como mucho más que redonda.
De los grandes problemas del cine venezolano – entre los que se encuentran el muy bajo presupuesto, la imposición per se del lenguaje televisivo, algunas actuaciones, la fotografía y el sonido – tenemos al guión, pues duda en la conexión con esa realidad resaltante que nos identifica como venezolanos. En Macuro, pareciera que ese guión, salido de la tierra o del mar de aquella lejana costa sucrense, no da vueltas ni retumbos para estrellarse desastrosamente como lo hacen otros.
El argumento de un pueblo alejado y sumido en la necesidad de una planta eléctrica, que en varias ocasiones le ha tocado vivir en las penurias del “sin luz”, exige de repente algo tan simple como la responsabilidad empresarial, en vista de la lentitud de los gobiernos que lo rigen. La lejanía – a Macuro sólo puede llegarse por mar – y la desesperación agobian a sus habitantes, creando un conflicto de intereses mezquinos tan real que pareciera una foto de los problemas cotidianos que aún vivimos.
Una joya fílmica, pues Jabes maneja con maestría una cámara, tal vez limitada por recursos, pero compensada con su esfuerzo en calar en un producto digno de la precisión y la sencillez, de la Verdad y la Pasión que tanto nos hace falta. Una joya bien escrita, sin trampas narrativas, sobreactuaciones, o calambres televisivos que tan mal le van al cine. Una película de esta nueva era de la Villa del cine, que junto a La Hora Cero de Diego Velazco, valen la pena para su reflexión y culto.

J. Gregorio Maita

martes, 27 de septiembre de 2011

INTERROGANTES SOBRE LA QUEBRADA BOLA DEL CONDE

Ver Er Conde Jones, mamarrachada fílmica ya vaticinada por aquellos que algo saben de este oficio, y cuyas expectativas no auguraban nada más allá de lo comercial,era de esperarse de un Benjamín Rausseo, quien se ganara la fama con un personaje tomado del estereotipo del oriental venezolano.

Ahora. Ya estimado el escenario, voy por la curiosidad crítica para hacer la correspondiente revisión a la película que se perfilaba como la más taquillera de los últimos tiempos del cine venezolano, superando a La Hora Cero de Diego Velazco, que ya es decir. He aquí mis dudas.

¿Fue esta película uno de tantos golpes a la expectativa del venezolano? ¿Se les advirtió que el señor Rausseo muy poco dejaría de su personaje en dicha película? No digamos tanto por las palabras altisonantes, sino por la falta de tino en comedia. ¿Qué podemos recoger de esta experiencia? ¿A dónde van personajes como Chaplin, Cantinflas, o aquellos varios que interpretara Peter Sellers? Tampoco hay que pedir tanto, pero siendo yo, por lo menos apuntaría a trascender.¿Qué será de la vida de aquel disco de boleros que hiciera el señor Rausseo? ¿Vendrá en la edición especial del DVD de esta película? ¿Qué pretendió hacer El Conde del Guácharo? ¿Incursionar en un buen negocio como el cine a fuerza de buenas intenciones? ¿Es el cine un arte basado en las buenas intenciones? ¿Qué tan bien fue “diseñado” Er Conde en la película, que le permitiera al espectador medio distraerse de tanta incongruencia? ¿Tenía hambre Er Conde al comerse tantas elipsis? ¿Dónde estaba el hilo argumental que no le permitió entregar una comedia decente o que por lo menos diera las risas que dan algunos de sus muy conocidos espectáculos en vivo?

Puedo comprender que quien no sabedel oficio y lo asume como quién entiende al cinetal cual una bodega o un expendio de empanadas, haga algo poco cónsono con lo del arte, siempre tan subjetivo. Pero hacer una película en detrimento de un personaje que le ha dado muchísimo al señor Rausseo, que ni siquiera tiene la intención de devolverle el precio de la entrada a la gente, pues son pocos los momentos hilarantes de la misma, eso roza en la estupidez. De allí que esas cifras que rompieron record de taquilla en su primera semana, se desplomaran en la segunda en casi un 50 por ciento. ¿Será que los venezolanos estamos aprendiendo?

J. Gregorio Maita

martes, 20 de septiembre de 2011

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO.

El neorrealismo como materia grandilocuente ha pretendido siempre establecer un punto crítico en la historias de sus personajes, partiendo de la crítica social, no desde el principio de la propaganda, sino como un simple ejercicio narrativo que pocas veces logra colocar a sus exploradores en un sitial, cuando menos, de respeto.

Tomás Gutiérrez Alea, cineasta cubano, decidió una vez, bajo el argumento de la novela de Edmundo Desnoes, por allá por el año 1968, desarrollar una historia particular, difusa en términos convencionales, pero que desviste esa incomodidad producida por el cambio abrupto de sistema en la Cuba Postrevolucionaria.

El neorrealismo enfrenta una realidad, fuera del alcance del común, a esos personajes que terminan por absorberse en las circunstancias y que de una u otra manera viven en la pesadilla de su propio entorno. No se habla de antagonismos en este subgénero mágico del cine, sino de circunstancias que golpean y que bailan al son que toquen la historia, la política, o la suerte.

Esta genial película de Gutiérrez Alea, crítico del sistema que vivió toda su vida por considerar al Socialismo “un guión muy bueno, pero que ha tenido en Cuba una puesta en escena desastrosa”, es un escupitajo al pasar de los años en la ineficacia de nuestros países al no alcanzar el tan esperado desarrollo, por siempre necesitar que “alguien piense por nosotros”.

Las cosas aspiran a cambiar. Procuran establecer símiles que nos permitan perderle el miedo al espejo, y enfrentarnos de una vez con lo que somos y partir de allí, de esa imagen difusa, un ideal de nuestro propio reflejo. Esa es la premisa de Sergio, quien termina abandonado por sus más allegados, dejado en la incomprensión de sí mismo, del insistir en saber qué es lo que le espera ante ese nuevo escenario que reta sus más primarios razonamientos, llevándolo a ensoñaciones de su querer ser en pugna con las nuevas reglas de su vida.

Clásico del cine latinoamericano, y considerado dentro de los 100 mejores filmes de la historia, es una película que termina por activar la máquina de nuestro pensamiento después de vista su proyección. Reflexiva, incisiva, metódica. Engulle al espectador en su aura y lo saca de los rieles para colocarlo en otra parte. Recomendación para el que pueda.

J. Gregorio Maita

jueves, 8 de septiembre de 2011

CUANDO NO VI EL PASTEL DE CHUCHO

Hacer cine es, como muchas disciplinas, un asunto de ir calentando los motores para el sueño de muchos, incluyéndome, del largometraje. Pero antes de éste existe un hermano pequeño, diminuto, que pasa casi desapercibido del espectador medio: El Corto. Es decir, para correr, hace falta primero aprender a caminar.
Lo valioso de esta expresión recortada de la cinematografía es ir calentándole los motores a los futuros cineastas, para ver qué tan bueno es el músculo. Y eso, más el estímulo de la sala que vea tu proyección, gracias al artículo 27 de la Ley de Cinematografía Nacional que dice: “Los exhibidores deberán proyectar en todas sus salas cortometrajes venezolanos de estreno, no propagandísticos o publicitarios.”, no habría mucho qué decir.
Pero ¿qué hacer ante aquella falta de profesionalismo en las salas particulares que se pasan un cortometraje animado como Hoy no se hace Pastel de Chucho, de Braulio Rodríguez, por la bragueta, y ante dificultades técnicas simplemente obvian algo tan nimio, tan falto de tamaño he importancia, yendo directamente a la película?
En la función a la que asistí – del lunes 29 de agosto, 8:30 pm – justo al momento de proyectar el corto, algo pasa. Pequeños saltos, goteos de imágenes del mismo, negro y más negro. Cuando en un silencio prolongado espero que solventen la situación, nada. Me muerdo el puño. Es la rabia de saber que una obra que pasa el filtro del Short Films Corner del Festival de Cannes 2011, que va a mostrar el mensaje bonito de la conservación de las especies marinas de nuestro oriente venezolano en otras latitudes, es desdeñada porque probablemente suena a “cambur pintón”. O es que la película de X-Men: First Class debe valer más para nosotros. Una adaptación norteamericana de un cómic que habla de la discriminación sin pataleos, y alguien que siente vergüenza de un Polo Margariteño, que le da grima comer sardina o que un cuatro no significa nada en comparación a la silla de ruedas de Charles Xavier, ni se molesta en cumplir la ley, si de obligaciones hablamos.
La gente del único cine que tenemos en Ciudad Guayana no tuvo la entereza de emendar el error. Si así somos empezando… Y nadie dijo nada.


J. Gregorio Maita

jueves, 1 de septiembre de 2011

DEL ASCO AL BLANCO Y NEGRO

Es fácil entender que, dentro de los gustos de la gente, exista, quien por moda, falta de costumbre, o simpleza estilística, termine por definir a tan primario contraste, que por muchísimos años inundó el cine con las más soberbias propuestas, llenas de esplendor y llamativa prestancia, como la base fundamental de lo que terminó magnificándose con el Expresionismo Alemán.
Pero sin detenernos en los caminos de aquella forma hermosa que la fotografía sembró en la pantalla grande, cuando hablamos de Blanco y Negro, hablamos no de viejo, no de arcaico, no jalamos las gavetas del anticuario para sacar de allí algún armatoste viejo y derruido, sino de una de las motivaciones estéticas que hacen del cine un arte.
Ver películas como Persona de Bergman, Dr.Strangelove o Senderos de Gloria de Kubrick, Sed del Mal de Welles,El Hombre Elefante de Lynch,El Hombre que nunca estuvo Allí de los hermanos Coen, o La Lista de Schindler de Spielberg, que teniendo la posibilidad de ser pintada con la paleta del arco iris, decidieron, por nostalgia, y más que todo, por valor al artístico del primigenio contraste, hacerlas bajo este esquema, con el temor y las fobias que el comercio normalizó sobre el espectador medio.
El Blanco y Negro no es un insulto a la modernidad, es una remembranza a lo bello de rostros como Ingrid Bergman y Marilyn Monroe, es un viaje a los tiempos cuando veía televisión con mi abuela y reía a carcajadas con Cantinflas en películas brillantes como Ahí está el Detalle. Es reencontrarnos con dos de las victorias más grandes que hemos tenido en la historia de nuestro cine, como lo fueron Araya y La Balandra Elizabeth llegó esta Tarde, ambas reconocidas en el Festival de Cannes.
Está en la manera de ver a nuestros medios el extravío de la valoración. El transporte público de Ciudad Guayana lo testifica al maltratar a nuestros viejos. Y más allá, la lección para los nuevos cineastas que se atrevan, a pesar de la mala taquilla. Porque es que comprendernos en grande, significa buscar más allá de las apariencias, porque es en la pulpa, donde está el gusto de los cinéfilos.


J. Gregorio Maita

miércoles, 17 de agosto de 2011

DÍAS DE PODER Y SU VIAJE REFLEXIVO

Román Chalbaud, embaucado ya en trabajos a pedido, en plumas ajenas, retoma aquel proyecto que en 1966 terminó, por frustración, por pura necesidad expresiva, por botar aquellos nudos atragantados de la visión de él mismo y José Ignacio Cabrujas, en obra de teatro.
Lo que alguna vez quiso y no pudo, en medio de esta – aunque a muchos les pese – revolución cinematográfica – todavía bajo la sombra de la cantidad y no de la calidad -, retoma el pesado mazo de la crítica, no a un partido, no a una posición, no a colores ni estandartes, sino a la política venezolana como práctica infame que logra y olvida, por lo que rara vez aprende.
Por esto Días de Poder se desmarca del panfleto, y no recurre al acto de manipulación al que muchos temen de lado y lado. Así se muestra como película – en momentos genial, con movimientos quirúrgicos que hacen retomar la idea de genio que este cineasta venezolano marcara en películas como Pandemónium, o La Oveja Negra – contemporánea, lúcida, y de un gran nivel reflexivo que invita al espectador a pensar en el valor de las libertades, y que con sólo conseguirlas no basta.
Si bien las actuaciones, maniqueas, dejan ver las fisuras de un cine que trata de serlo como un todo, hay un peso fundamental en la dirección de arte - que trata de enmendar los grandes errores cometidos en El Caracazo -, dentro de las limitaciones del bajo presupuesto. Sin embargo ese apego a la esencia que fue la obra de teatro, da puntos a favor de la memoria.
Días de Poder es la historia de un enroque. Fernando Quintero, lucha, alborota, huye, pernocta en ideas contrarias a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y vuelve en el resurgir adeco, como héroe, como ministro, y se embarca en la gloria pública, y se esfuerza por entender que lo que fue no será, y que es ahora, desde la otra orilla, donde el hombre se define. He allí su entuerto. He allí el conflicto de los que van, por vericuetos de la historia de un lado al otro del poder en un país tan del realismo mágico como este.


J. Gregorio Maita